Fue traída del piso de los muertos. Estuvo vacía algunos días, vacía, antes de que yo la llenase de los libros pesados, todos encuadernados. Con esto, ya ha había dado paso al mundo subterráneo. Algo vino desde abajo, entró lenta e inexorablemente, como una enorme columna de mercurio. Uno no podía mirar hacia otra parte. Tomas Tranströmer, Premio Nobel de Literatura 2011.
Hace unos días recibimos una donación de libros por parte de una asociación que deseaba deshacerse de su biblioteca, los materiales valían la pena porque eran especializados y clásicos en la materia. En México, no cualquier repositorio o persona posee ejemplares de esos títulos. No obstante, pese a la buena noticia, al visitar la biblioteca y revisar los volúmenes, nos quedamos perplejos ante tal magnitud de descuido y olvido en el que estaban. Un bibliotecario no puede quedarse impasible ante el espectáculo de ver una biblioteca con sus colecciones en cajas de cartón amarradas, empolvadas y con signos visibles de humedad y proliferación de hongos.

William Hoiles (2008). Fuente: Wikimedia
El primer indicio de que la situación no estaba bien, era ese olor peculiar a humedad, polvo, y libros viejos. Evidentemente eran colecciones de más de setenta años, que en sí mismas guardan algunas características de los libros añejados, pero nada justifica ese aroma si no es por la presencia de hongos, el polvo y la descomposición misma del papel debido al tiempo y las condiciones climáticas. Esta situación, me motivó a consultar sobre el tema de la degradación del papel y sobre qué era lo que ocasionaba su destrucción paulatina. Encontré bastantes estudios dentro de la disciplina bibliotecológica y documental, pero también tropecé con muchos escritos desde el campo de la fisicoquímica. Algunos de los contenidos que encontré, los menciono a continuación.
Agentes destructivos del papel
Existe una serie de elementos destructivos que dañan los libros, y en general, a todos aquellos materiales bibliográficos, archivísticos o cartográficos compuestos por celulosa. Autores como Sunil y Kumar (2009, p. 37) señalan que estos agentes se pueden clasificar de la siguiente manera:
- Agentes convencionales: temperatura, humedad, luz, infestación biológica, y contaminación.
- Agentes no convencionales: componentes orgánicos presentes en el papel, la tela, el cuero y la tinta.
Ahora bien, los componentes orgánicos, como lo señalan los mismos autores, son atacados por otros agentes destructivos, los cuales se categorizan como sigue:
- Insectos: hormigas, cucarachas, escarabajos, roedores, arañas, pescaditos de plata (lepisma saccharina).
- Microorganismos: bacterias y hongos.
Aunado a lo anterior, también hay que considerar otro tipo de agentes destructores, como son el fuego, el agua, los desastres naturales, el ser humano, ya sea mutilando los materiales o provocando las guerras que afectan a las bibliotecas con su devastación parcial o total.
Es cierto que algunos de estos factores destructivos no los podemos evitar, pero también es verdad que algunos de ellos sí están en nuestras manos, o al menos, podemos detener o contrarrestar los daños. Por ejemplo, si se sobreviene una guerra, es algo que no podemos controlar directamente. En cambio, sí podemos mejorar las condiciones ambientales, de uso y de almacenamiento de nuestras colecciones. Sunil y Kumar (2009, p. 38) señalan que poseer buenas condiciones para el almacenaje de nuestros libros, invariablemente contribuirán a prolongar la vida de nuestros documentos, acción que ya en sí misma es una medida que contribuye a la preservación documental, algo que en nuestros días es de suma importancia debido al problema de la fragilidad de la información impresa.
La idea de preservar los documentos, es muy similar a la idea de preservación archivística que tiene Conway (1990, p. 206), pues apunta que su finalidad es garantizar la protección de la información de valor duradero para el presente y futuro de las descendencias. Dicha salvaguarda se puede realizar desde dos direcciones, la primera incluye acciones para prevenir o retrasar el deterioro de los materiales, mientras que la segunda, involucra restaurar la vida útil de aquellos que están en peligro de desaparición (Conway, 2010, p. 64). Por ejemplo, como ya lo mencioné, para prevenir el deterioro de los materiales podemos hacer algo tan sencillo como mantener nuestras colecciones en un ambiente adecuado, limpio y libre de humedad. En cambio, para restaurar o prolongar la vida útil de las colecciones podemos recurrir a métodos como la desacidificación del papel.
La acidez del papel
Otro de los aspectos que no depende directamente de nosotros para proteger nuestras colecciones, es la fabricación del papel alcalino. Se supone que a partir de 1850, el papel con el que se producen los libros, es más ácido y contiene aditivos como el sulfato de aluminio, que a larga contribuyen más a la perdida de las propiedades físicas del papel y a su inevitable resquebrajamiento (Havlínová, 2009, p. 221). Otros autores también señalan que el papel fabricado entre 1820 y 1990 posee químicos que lo hacen más propenso a su degradación si se almacena en condiciones altas de humedad o temperatura (Baty, Maitland, Minter, Hubbe & Jordan-Mowery, 2010, p. 1958). Por tanto, dado que no podemos influir llanamente en la materia con que se hacen los libros, lo que sí podemos hacer es tomar algunas medidas para su desacidificación y prolongar la vida de nuestras colecciones.
De acuerdo con Baty et al. (2010, p. 1955), el término desacidificación se refiere como :
[…] el tratamiento de un objeto basado en papel para neutralizar su contenido ácido, con el objetivo de prolongar la vida útil del objeto.

bittbox (2008). Fuente: Flickr
Las técnicas de desacidificación del papel tienen el objetivo de retrasar la degradación del papel, la cual evidentemente no se alcanzará al cien por ciento, pero sí la disminuirá lo más posible. Además, los métodos para disminuir la acidez deben preservar cada elemento del documento sin perder las características esenciales que lo hacen valioso (Baty et al., 2010, p. 1958). En otras palabras, la desacidificación debe ser lo suficientemente amigable con el documento para evitar dañar aquellos elementos de valor; pero a la vez, tiene que ser efectiva para fortalecer sus propiedades físicas que permitan su manipulación y durabilidad.
Para conocer a fondo la gran cantidad de métodos para reducir la alcalinidad del papel, y así retrasar su degradación, el artículo de Baty et al. (2010) incluye una importante revisión de las mejores técnicas utilizadas. Los autores del escrito, señalan algo muy importante para quienes deseen recurrir a la desacidificación:
El paso más crítico en cualquier tratamiento de desacidificación implica la distribución de un agente alcalino de manera uniforme dentro de los libros tratados u otros artículos a base de papel, con un mínimo de daño, con un coste aceptable, y con el mayor grado práctico de conveniencia. (Baty et al., 2010, p. 1975).
El olor de los libros viejos
Otro de los temas que también encontré, y que me pareció interesante es el relacionado con el olor de los libros. Uno de los estudios más reconocidos y difundidos entre la comunidad científica, y no científica, es el que apareció en la revista Analytical Chemistry, titulado “Material degradomics: on the smell of old books”. Lo más relevante de este escrito, desde el punto de vista bibliológico y bibliófilo, es la identificación de los Compuestos Orgánicos Volátiles (en inglés, Valatile Organic Compounds = VOC) que permiten saber cuál es el estado de la degradación del papel, y que además, constituyen ese olor tan identificable de los libros viejos. Muchos de nosotros, ya sea como bibliotecarios, como usuarios de biblioteca, como lectores voraces o como amantes de los libros, adoramos esa fragancia, la cual es descrita por los autores del artículo como:
Una combinación de notas de hierba con una espiga de ácidos y un toque de vainilla sobre un olor subyacente a humedad. (Strli? et al. 2009, p. 8617)

ka2rina (2008). Fuente: Flickr
Los que trabajan o frecuentan fondos antiguos saben perfectamente a qué me refiero. No obstante, pese al agradable aroma de los libros viejos, sería muy recomendable saber qué es lo que perciben nuestros sentidos, porque no sólo es el olor, también son las minúsculas partículas conocidas como VOC, que se llegan a impregnar en nuestra ropa y piel sin que nos demos cuenta de ello. Pero además, es mucho más útil saber qué es lo provoca la degradación de papel, un tema de suma importancia en la actualidad porque estamos ante el problema de la futura ilegibilidad de la información impresa, y tomar todas las medidas necesarias para evitar o contrarrestar esta complejidad, es ya una logro no solo para las bibliotecas, sino también por el bien mismo de nuestra sociedad y nuestro patrimonio cultural.
Ahora bien, como mencioné, estos VOC son un elemento fundamental para conocer la situación de nuestras colecciones, pues con el aroma, es posible identificar cuál es el estado real de nuestros libros. Los autores encontraron que tanto la colofonia como la lignina, son los principales componentes causantes de la degradación del papel. La identificación de estos elementos es de suma importancia para las bibliotecas, pues gracias a ellos, podemos prevenir la degradación de nuestros materiales. Un dato muy útil, tanto para los bibliotecarios como para los editores, pues eso ayudaría a producir mejores tipos de papel que aguanten más el paso de los años y las condiciones climatológicas.
Conclusiones
Históricamente, una de las funciones sociales de las bibliotecas es la preservación de la cultura, este papel elemental es la razón de ser de los servicios bibliotecarios y de información en el mundo. Jesse H. Shera (1990, pp. 140-142) señala que la necesidad de la sociedad para preservar sus registros gráficos por motivos de funcionalidad, comunicación y sobrevivencia social, es lo que posibilitó el origen de las bibliotecas. Un tema de suma importancia hoy en día debido a la fragilidad de la información impresa.
Por otra parte, el tema de la degradación del papel y de los agentes destructivos que aceleran su destrucción es sumamente basto. Ya sea desde el punto de vista bibliotecológico o fisicoquímico, existe una fuerte preocupación por salvaguardar la memoria impresa a las siguientes generaciones. Como bibliotecarios, debemos preocuparnos por la preservación de la información impresa, pues estamos en una carrera contra el tiempo para proteger el conocimiento que dejaremos como legado para el futuro.
Referencias
Baty, J. W., Maitland, C. L., Minter, W., Hubbe, M. A., & Jordan-Mowery, S. K. (2010). Deacidification for the conservation and preservation of paper-based works: a review. BioResources, 5 (3), 1955 – 2023.
Conmay, P. (1990). Archival preservation practice in a nationwide context. American Archivist, 53 (2), 204 – 222.
Conmay, P. (2010). Preservation in the age of Google: digitization, digital preservation and dilemmas. Library Quarterly, 80 (1), 61 – 79.
Havlínová, B., Katuš?ák, S., Petrovi?ová, M., Maková, A., & Brezová, V. (2009). A study of mechanical properties of papers exposed to various methods of accelerated ageing. Part I. the effect of heat and humidity on original wood-pulp papers. Journal of Cultural Heritage, 10 (2), 222 – 231.
Shera, J. H. (1990). Fundamentos de la educación bibliotecológica. (Trad. S. Peniche de Sánchez Macgregor). México: UNAM, CUIB (Original en inglés, 1972).
Strli?, M., Thomas, J., Trafela, T., Cséfalvayová, L., Cigi?, I. K., Kolar, J., & Cassar, M. (2009). Material degradomics: on the smell of old books. Analytical Chemistry, 81 (20), 8617 – 8622.
Sunil, A. & Kumar, K. P. (2009). Preservation of library materials: problems and perspective. DESIDOC Journal of Library & Information Technology, 29 (4), 37 – 40.
Tranströmer, T. (2011). La biblioteca. En Deshielo a mediodía. Madrid: Nórdica Libros.